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Como un cervatillo tembloroso que se esconde dentro de cuevas con su madre y su manada. Esa era yo cuando perdí a mi madre a los 10 años.
Después de esa triste separación vinieron otras, de familia, espacios, posibilidades, recuerdos y más.
Mientras, la tierra envejecía. Me hacía experta domadora de miedos y sometía a los azares jugando con los límites. Llegué a sentirme superior al sufrimiento, abanderada del reverso de la vida.
Oscurece. Y recuerdo que han pasado casi treinta años desde que nos despedimos mi madre y yo.
En un descuido, siento un susurro al oído. Consternada, volteo bruscamente y veo a mi madre. Lleva un corte de cabello que no reconozco y tampoco sé si está veinteañera o mayor. La cubre una capa azul eléctrico.
Arrulla a mi hija dentro de su capa, como si estuvieran encima de una silla mecedora.
-¿Cómo llamas a esta etapa? -me pregunta.
Tomo unos segundos de calma para responder. Mientras, disfruto de verlas. Como si viera a una madre puma y su cría a centímetros, sin mayor perturbación .
Y ¡no!
No consigo encontrar un adjetivo. No me surgen los nombres.
Sólo puedo dibujar abstracciones coloridas con brillo solar o describir detalles de miles de películas continuas y fantásticas, sin poder capturar los títulos.
Envuelta en estas imágenes ¡Grito!
¡Grito!
Grito, sin poder pronunciar.

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