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Me sentía ama de la naturaleza. Matriarca poderosa, inmortal. Desde mi fortaleza observaba a tu padre. A veces con una mirada de superioridad y desconfianza en relación a la responsabilidad y sapiencia que necesitábamos para construirnos sólidos y sensibles, rumbo al nuevo mundo a donde viajábamos: tu nacimiento, Francisca.
Él te cargó por primera vez, te tuvo en su pecho y te olio antes que yo. Intuyo que en ese momento pactaron sobrevivir juntos. Mientras que, cuando yo te abracé por primera vez todos mis poderes fueron absorbidos por un túnel oscuro de pánico y debilidad.
Olas gigantes me aplastaban y revolcaban en playas de piedras. Y, cuando apenas me recuperaba, venían más y no moría, solo me ahogaba constantemente. Llantos, cacas, pezones doloridos e inseguridades desataban la furia del mar infinito.
La pesadilla se convertía en sueños tiernos a pinceladas lentas y flojas. Me costaba verme dibujada en un cuadro pueblerino, de estos que se venden en plazas vivas de sudores juguetones. Mi organismo no estaba para idilios, la ausencia de mi cuerpo era permanente en el aula del romanticismo.
Me consolaba pensar que este transe maligno era perentorio. Y no, cada día de tu vida, Francisca, era un galardón que no merecía.
¿Quién era yo para vivir rodeada de ternura y amor robusto constante? Nada ni nadie podía atrapar esa burbuja para mí y obligarla a tragarme y llevarme a volar con ella.
Y tú, Francisca, te hacías fuerte frente a mis mejillas húmedas. Mi cuerpo precario te alimentaba instintivamente, aunque sufriera. Mientras, lo demás: el amor, la limpieza, el juego y los arrullos eran regalos que tu papá te hacía y se hacía. En paz, sabio y experimentado.
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